El Sueño del Naranjo
El Naranjo soñó que sus hojas, al caer, se transformaban
en un niño que dormía a sus pies.
Primaveras, veranos, otoños e inviernos se sucedieron.
El naranjo creció, y el niño a sus pies también.
Mientras el niño crecía, soñaba que dormía bajo un naranjo.
Sus hojas daban frescura a sus tribulaciones: sobre el amor, la vida y algo más.
Primaveras, veranos, otoños e inviernos se sucedieron.
Con su cuerpo, protegió que el agua no se evaporara de la tierra para el árbol.
Aquel hombre dormía en un bosque de su imaginación.
Las naranjas ya no satisfacían su sed de lo que él llamaba progreso.
Primaveras, veranos, otoños e inviernos se sucedieron.
Y los troncos de aquellos árboles pasaron a llamarlos madera.
Un sueño perdido viaja entre hombres y árboles,
con la constancia implacable que el tiempo tiene a su haber.
Primaveras, veranos, otoños e inviernos se sucedieron,
haciéndoles creer que sus sueños eran de ellos.
Ellos soñaban tanto con pertenecerse el uno al otro,
como los púberes sueñan con perder la virginidad.
Primaveras, veranos, otoños e inviernos se sucedieron.
Ellos pertenecieron, y las casas lentamente fueron ciudades.
Las ciudades cambiaron nubes por humo,
y naranjas maduras que caían por bombas.
Primaveras, veranos, otoños e inviernos se sucedieron.
La cáscara del fruto comenzó a corromperse.
Bajo la cáscara, el fruto cuidaba su tesoro.
Gajos distribuían el líquido sagrado en celdas.
Primaveras, veranos, otoños e inviernos se sucedieron,
y en su centro, semillas soñaban a un hombre, un árbol y un amor.
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